Imagen Taxonomia narrativa

Taxonomía narrativa en “Historia real y fantástica del Nuevo Mundo”

Las narraciones de los primeros viajeros, conquistadores, colonizadores y evangelizadores dan cuenta del establecimiento de una clasificación involuntaria, si bien, su intención era ofrecer una relación de hechos, sus descripciones fueron configurando la comprensión de la tierra nueva, y todo lo que habitaba en ella, en una especie de taxonomía narrativa.

El libro Historia real y fantástica del Nuevo Mundo tiene la virtud de conjuntar una serie de textos antiguos, cartas y fragmentos, de las relaciones de aquellos viajeros, soldados, eclesiásticos y conquistadores.

Cada uno detalla según su interés, lo fantástico, el imaginario, lo real se confunden por las maravillas y la extrañeza nunca antes vistas, pero dentro de sus narraciones se conforma un orden, una normativa de comparación para marcar los parámetros de diferencia.

Las comparaciones surgen entre ésta y aquella tierra, entre los hombres de acá o de allá, tales o cuales costumbres, el clima, la vegetación, entre otros; estas diferencias se hacen con las ciudades y pueblos de Europa, como entre los pueblos encontrados. Según pasan los años, los hombres llegados del mar se van adentrando en las sociedades y profundizando su taxonomía: todo lo clasifican en su narrativa.

Enlistado de la taxonomía

De las personas

La taxonomía de las personas es de las narraciones más recurrentes en todos los viajeros. Cristóbal Colón, como el primer narrador, describe a las personas, semejante a un naturalista lo hiciere con otros organismos: el color de la piel, tipo de cabello, gestos, estatura e, incluso, sus atavíos (armas, arcos, flechas, vestimenta, pañuelos, etc.), así señala: “de buena disposición, y no negros, salvo más blancos”, o “más blancos que aquellos”, “lindo gesto y hermosos cuerpos, y los cabellos largos y llanos”, o “[…] linda estatura, altos de cuerpos y de muy lindos gestos”.

Al ser el inaugurador de las relaciones, se puede constar la semejanza de los siguientes viajeros, así Vespucio, en 1500, redacta: “ellos no tienen barba alguna, ni visten ningún traje”, “ellos son de color como pardo o leonado”, “son gente de gentil disposición y de buena estatura”, “tienen cuerpos grandes, membrudos, bien dispuestos y proporcionados y de color tirando a rojo”, “tienen los cabellos abundantes y negros”, “son ágiles en el andar y en los juegos y de una franca y venusta cara”; de los patagones indica “del cuerpo son muy brutales”, “por la gran talla de sus habitantes, la llamamos de los Gigantes”. Cabe señalar que también va describiendo los adornos que “deforman” su cuerpo y rostro.

Imagen Historia Real y Fantástica del Nuevo Mundo
Historia Real y Fantástica del Nuevo Mundo

Antonio Pigafetta, en 1520, describe a los habitantes del Brasil como: “proceden según los usos naturales, y viven ciento veinticinco años y ciento cuarenta. Andan desnudos, así hombres como mujeres”, “van completamente tonsos y sin barba”, “no son negros completamente”.

Alvar Nuñez de Cabeza de Vaca, en 1527 señala de los hombres de Florida: “son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy grandes fuerzas y ligereza.”

En este punto, ni Moctezuma escapa a la descripción taxonómica; Bernal Díaz del Castillo dice que era: “[…] de buena estatura y bien proporcionado, y cenceño, y pocas carnes, y la color ni muy moreno, sino propia color y matiz de indio, y traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas prietas y bien puestas y ralas, y el rostro algo largo y alegre, y los ojos de buena manera”.

Ulrico Schmidel, en 1534, de los querandís de Buenos Aires, dice: “los hombres y las mujeres son gentes garbosas y altas. Las mujeres son lindas y pintadas bajo la cara”; de los carios o guaranís: “son gente bajas y gruesas, y pueden aguantar algo más que otras naciones”, “las mujeres y los hombres andan completamente desnudos, como Dios Todopoderoso los ha creado”; de los jarayes, hombres: “llevan bigotes y en el lóbulo de la oreja traen un aro de madera”; las mujeres “andan desnudas y son hermosas a su manera”, de las amazonas “son mujeres belicosas que hacen la guerra contra sus enemigos. Viven estas mujeres en una isla rodeada de agua, y es una gran isla. Si se quiere llegar a ellas, hay que ir en canoas”.

Fray Diego de Landa, en 1549, compara a las indias de Yucatán con otras mujeres: “son en general de mejor disposición que las españolas y más grandes y bien hechas, que no son de tantos ríñones como las negras. […] No se adoban los rostros como nuestra nación, que eso lo tienen por liviandad.”

Francisco López de Gomara, por su parte, en 1552, señala el encuentro azaroso de negros en Cuareca, mar del sur: “Empero halló algunos negros esclavos del señor. Preguntó de dónde los habían, y no le supieron decir o entender más de que había hombres de aquel color cerca de allí, con quien tenían guerra muy ordinaria.” Al llegar con los chicoranos los describe como “de color loro o tiriciado, altos de cuerpo, de muy pocas barbas; traen ellos los cabellos negros y hasta la cinta; ellas, muy más largos, y todos los trenzan.” Del poblado de Cumana señala que los pobladores “son de su color; van desnudos”, son lampiños y las “doncellas van de todo punto desnudas […] Las casadas traen zaragüelles o delantales”.

Sir Walter Raleigh, en 1595, describe a los ewaipanomas e indica que tienen los ojos en los hombros: “gentes cuyas cabezas no asoman por encima de sus hombros […], se dice que tienen los ojos en los hombros y la boca en medio del pecho y que un gran mechón de pelo les crece hacia atrás entre los hombros […], yo no los vi personalmente, pero me parece difícil que tanta gente pueda ponerse de acuerdo para inventar esta especie”.

Vegetación

Gonzalo Fernández de Oviedo, en la isla de Cubagua, clasifica a los árboles pequeños y arbustos: el “guayacán, son pequeños o enanos al respecto de los que en otras partes de estas Indias hay. Otros arbolecillos hay bajos, a manera de zarzales o acebuches, sin algún fruto”.

Fernández de Oviedo también describe algunos frutos: “fruta de dos maneras, a manera de higos, los unos colorados o rojos y los otros blancos: los colorados tienen la simiente muy menuda, como de mostaza, y llaman los indios a esta fruta yaguaraha”, “el otro género de fruta en cardones, de la misma manera es de fuera verde, y quieren parecer dátiles; pero son más gordos, y lo de dentro es blanco, y la simiente como granillos de higos […]. A esta fruta llaman los indios agoreros.” Fray Toribio de Benavente “Motolinía”; hace lo propio con el maguey, sus características y propiedades; Bernardino de Sahagún, con las hierbas que emborrachan: ololiuhqui: “esta semilla emborracha y enloquece”; péyotl: “es blanca, hácese hacia la parte del norte. Los que la comen o beben ven visiones espantosas, o de risas”; tlápati: “tiene la cáscara verde, tiene las hojas anchuelas, las flores blancas, tiene la semilla negra y hedionda, y quita la gana de comer a los que la comen, y emborracha y enloquece perpetuamente”; Teonanácatl: son honguillos “(que) se crían debajo del heno en los campos o páramos; son redondos, y tienen el pie altillo y delgado y redondo. Comidos son de mal sabor, dañan la garganta y emborrachan.”

Además Sahagún hace una clasificación de las piedras: la esmeralda: quetzalitztli; chalchihuites: verdes mezcladas de blanco; el cristal y el ámbar: aponzonalli (ámbar) son amarillas claras como oro; otras piedras negras: ítztetl; de éstas sacan las navajas, “son muy negras y muy lisas y resplandecientes”, “algunas de ellas son rojas, otras blanquecinas”; Piedra de sangre: éztetl, “es piedra parda y sembrada de muchas gotas de colorado, y otras verdecitas entre las coloradas”; piedras que se hacen espejo: “unas de éstas son blancas”; y la piedra luciérnaga: huitzitzíltetl, “ésta es piedra pequeñuela y blanca”.

Alvar Nuñez de Cabeza de Vaca, de Apalache, indica: “hay muy grandes árboles y montes claros, donde hay nogales y laureles, y otros que se llaman liquidámbares, cedros, sabinas y encinas y pinos y robles, palmitos bajos” y habla del tamaño de los diferentes maizales.

López de Gomara sobre los árboles de Nicaragua dice: “Era de muchos jardines y arboledas. Ahora no hay tantos. Crecen muchos árboles, y el que llaman ceiba engorda tanto, que quince hombres asidos de las manos no lo pueden abarcar”.

En ocasiones también, se lee las descripciones de la tierra a la que llegan; por ejemplo, Fernández de Oviedo dice de la isla de Cubagua que es pequeña; López de Gomara habla de la calidad de la tierra de Nicaragua: “es grande, y más sana y fértil que rica, aunque tiene algunas perlas y oro de poca ley”.

Ríos

Las aguas también son clasificadas, Cristóbal Colón y Vespucio, indican en sus textos que “el agua dulce” o “agua salada” del río; Vespucio de los “grandísimos ríos”, ambos de las leguas de anchura y las leguas de largo.

Fray Toribio de Benavente “Motolinía”, de la población de Aulizapa, clasifica las aguas en ríos, fuentes y arroyos, así indica del río de Aulizapa que es “agua blanca, y así lo es muy clara, y sale con mucho ímpetu”; de la fuente: “nace al pie de dos sierras […] es por debajo muy redondo, y va subiendo y ensangostándose igualmente por todas partes.”

Inca Garcilaso de la Vega establece los siguientes ríos en Perú: Río Grande (Magdalena), cuya extensión es de ocho leguas; el de Orellana que tiene cincuenta y cuatro leguas de boca; Apurímac, famoso río nacen en el distrito llamado Cuntisuyu; Río de las Amazonas y el que llaman Marañón que “entra en la mar poco más de setenta leguas al mediodía del río de Orellana”.

Animales

De los animales, Colón también inaugura el camino que seguirán los próximos narradores, así señala que algunos animales tienen “patas como de cabra” o indica la diversidad de los pescados. Así se van registrados animales de diferentes tipos y subgéneros. Fernández de Oviedo registra una aves como flamencos y señala las diferencias con los de España “Son las de Cubagua tan grandes como un pavo; el plumaje es de color como encarnado: las piernas delgadas y de cuatro palmos de altura: el cuello de otros cuatro palmos luengo, y delgado, como el dedo pulgar de la mano de un hombre: el pico de la hechura que le tienen los papagayos”; de las arañas, que son muy pequeñas pero que su piquete produce “gran dolor”. Gutiérrez de Santa Clara habla de unas aves sin pluma ni alas: “las cuales por maravilla salen a la mar, aunque siempre andan encima del agua; empero tienen un vello muy delgado y blando […]”

Alvar Nuñez de Cabeza de Vaca, en Apalache, indica: “Los animales que en ellas vimos, son: venados de tres maneras, conejos y liebres, osos y leones, y otras salvajinas, entre los cuales vimos un animal que trae los hijos en una bolsa que en la barriga”. Motolinía registra al ocotochotli “que es como león, el cual es lanudo, sino que la lana o vello tira algo a pluma; son muy fieros, y tienen tan fuertes dientes”.

Francisco López de Gomara clasifica a las culebras: “En todas las Indias se han visto y muerto muchas y muy grandes sierpes, empero las mayores son en el Perú, y no eran tan bravas ni ponzoñosas como las nuestras y las africanas”. Inca Garcilaso de la Vega hace una relación de los animales de ganado de las tierras peruanas: paco, huanacu y vicuña que es el ganado bravo; otro que es el ganado manso.

Un lugar especial lo guardan los peces, cuya variedad y cantidad asombran. Fernández de Oviedo señala que el tátara de Cubagua es “pintadillo de rayas y pecas blancas y amarillas, cada una de su color distintas.”; López de Gomara dice de los peces de Nicaragua que hay: “ballenas y unos monstruosos peces, que sacando el medio cuerpo fuera del agua sobrepujan los mástiles de naos: tan grandes son. Tienen la cabeza como un tonel, y los brazos como vigas, de veinte y cinco pies, con que patea y escarba”. “Hay también unos peces con escamas, no mayores que bogas, los cuales gruñen como puercos en la sartén, y roncan en la mar”.

Ciudades y pueblos

Las ciudades también son descritas para hacer notar el grado de “civilización”; Bernal Díaz del Castillo describe a la Ciudad de México con “grandes patios”, “empedrado de piedras grandes de losas blancas y muy lisas”, “y veíamos que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las más ciudades questaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera, o en canoas; y veíamos en aquellas ciudades cues y adoratorios a manera de torres y fortalezas”.

Hernán Cortés sigue esta línea sobre “Temixtitan”: “Tiene cuatro entradas, todas de calzada hecha a mano, tan ancha como dos lanzas jinetas”, “tiene esta ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender”. Motolinia también realiza su propia descripción sólo que él decide medir uno de los patios: “para escribir esto medí una de un pueblo mediano que se dice Tenayuca y hallé que tenía cuarenta brazas de esquina a esquina, lo cual todo henchían de pared maciza, y por la parte de fuera iba su pared de piedra: lo de dentro henchíanlo de piedra, lodo o de barro y adobe; otros de tierra bien tapiada”; del teucalli cuenta “más de cien gradas […]. El de Tezcuco tenía cinco o seis gradas más”.

Pedro Sancho de la Hoz, describe la Ciudad de Cuzco: “es tan grande y tan hermosa que sería digna de verse aún en España, y toda llena de palacios de señores, porque en ella no vive gente pobre”, “la plaza es cuadrada y en su mayor parte llana y empedrada de guijás”, la ciudad también tiene puentes que causan admiración.

Ciudades grandes y pueblos pequeños son clasificados y descritos con detalles, así López de Gomara indica de Nicaragua: “Los palacios y templos tienen grandes plazas, y las plazas están cerradas de las casas de los nobles, y tienen en medio de ella una casa para los plateros, que a maravilla labran y vacían oro.”

De las costumbres

Hablando de los pueblos y las personas que los habitan, las costumbres también entran a la clasificación narrativa; Vespucio por ejemplo, señala de la Isla de Trinidad: “No comen mujer ninguna, salvo que las tengan como esclavas”, “siendo sus mujeres lujuriosas, hacen hinchar los miembros de sus maridos de tal modo que parecen deformes y brutales”, “Toman tantas mujeres cuantas quieren, y el hijo se mezcla con la madre, y el hermano con la hermana, y el primero con la primera, y el viandante con cualquiera que se encuentra.”

Francisco López de Gomara hace una relación de las costumbres de Nicaragua: “No son grandes los pueblos, como hay muchos; empero tienen policía en el sitio y edificio, y mucha diferencia en las casas de los señores a las de vasallos. […] En algunas islas y ríos hacen casas sobre árboles como picazas, donde duermen y guisan de comer.”, de los ladrones señala que les cortan el cabello y se vuelven esclavos.

López de Gomara indica de las costumbres de Cumana: los hombres se

“cubren con cuellos de calabazas, caracoles, cañas, listas de algodón y canutillos de oro. En tiempo de guerra se ponen mantas y penachos; en las fiestas y bailes se pintan o tiznan o se untan con cierta goma o ungüento pegajoso como liga, y después se empluman de muchos colores, y no parecen mal los tales emplumados […] Las doncellas van de todo punto desnudas; traen senogiles muy apretados por debajo y encima de las rodillas, para que los muslos y pantorrillas engorden mucho, que lo tienen por hermosura; no se les da nada por la virginidad”.

Ulrico Schmidel  dice de los querandís “no tienen un paradero propio en el país; vagan por la tierra al igual que aquí, en los países alemanes”, “las mujeres son lindas y pintadas bajo la cara, como las ya mencionadas mujeres pintadas, y tienen también delante de sus partes un paño hecho de algodón”; de los pueblos carios: “el padre vende a su hija, y el marido a su mujer cuando ella no le gusta, y el hermano a su hermana. Una mujer cuesta una camisa o un cuchillo, con lo cual se corta, o una pequeña hacha u otro rescate más”; de los amazonas: “si una mujer queda embarazada de un niño varón, lo manda al hombre; pero si es hembra, se la queda y le quema el pecho derecho para que no pueda crecer. Y la causa por lo que hacen tal es que utilicen mejor las armas y los arcos”.

Enfermedades y prácticas medicinales.

Las diferentes enfermedades y sus tratamientos son de gran interés en las relaciones sobre las costumbres de los pueblos, así Fray Ramón Pane registra “caracaracol es una enfermedad como roña, que hace el cuerpo muy áspero” y Bernardino de Sahagún establece tres hierbas de curación:

  • Ololiuhqui: “Esta hierba es medicinal, y su semilla es buena para la gota, moliéndola en el lugar donde está la gota”.
  • Tlápati: “Esta semilla es buena contra la gota, untando con ella a donde está el dolor; el olor también de ella es dañoso como la misma semilla.”
  • Teonanácatl: son honguillos “medicinales contra las calentaduras y la gota”.

Religión

Desde el inicio del desembarco de Colón, las prácticas religiosas tuvieron un lugar preferencial en las relaciones. Bernal Díaz de Castillo fue uno de los mayores narradores de estas actividades y Fray Diego de Landa es uno de los más escrupulosos para dar cuenta de la relación de hechos condenados por la Iglesia, en el texto leído indica los diferentes idólatras, pero deja bien establecido que son los sacerdotes los de mayor jerarquía: sacerdotes, chilanes, hechiceros y médicos, chaces y nacones (dos tipos: los que abrían el pecho, el otro por elección).

Garcilaso de la Vega hace lo propio en el Perú, empezando por la Ciudad de Cuzco, “que la adoraban los indios como a cosa sagrada”, al Sol: “no tuvieron los incas otros ídolos suyos ni ajenos con la imagen del Sol en aquel templo ni otro alguno, porque no adoraban otros dioses sino al Sol”, en cuanto a los sacrificios, señala que no fueron de humanos como en México: “El sacrificio principal y el más estimado era el de los corderos, y luego el de los carneros, luego el de las ovejas machorras”.


Entradas relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.