Imagen El laberinto de la soledad

“La intelligentsia mexicana” de Octavio Paz

Octavio Paz rumbo al final de El laberinto de la soledad, casi para terminar su disertación afirma:

“Toda la historia de México, desde la Conquista hasta la revolución, puede verse como una búsqueda de nosotros mismos, deformados o enmascarados por instituciones extrañas, y de una forma que nos exprese”.

Octavio Paz, “La intelligentsia mexicana” en El laberinto de la soledad, p. 157.

La inquietud de lo “mexicano” a partir de la conciencia de la soledad en un territorio que el mexicano ha proclamado suyo, en una lucha contra sus ascendientes (españoles e indios), y como cualquier hijo, negándose a dejar a sus padres, se afirma con las reflexiones de intelectuales que acuden a las pesadillas de su oscuridad.

Portada Laberinto de la Soledad, Octavio Paz
Portada Laberinto de la Soledad de Octavio Paz

Vasconcelos es el primer paladín, en el que se rescata la vuelta a reconocer la tradición española, pero la del espíritu de libertad (no la medieval que atrapó a México durante tres siglos), el que justifica la educación para el futuro, en el que se niega a los indios, peor aún, donde se les educa para que dejen de ser indígenas.

La raza cósmica, que a según del filósofo, está destinada a ser el siguiente estado del espíritu universal (Absoluto), por lo tanto, de la Historia Universal. Esa raza cósmica representada por el mestizaje. Aunque, es Paz quien le imputa no tener el rigor necesario, parece que el filósofo no lo necesita.

Exaltado, por la posición vasconcelista, el intelectual tiene un lugar en el mundo, en el que lo mismo es consejero del campesino que del líder político. ¿Por qué se ha olvidado de los intelectuales de la lucha armada? ¿De los intelectuales del siglo XIX que escribían en el fragor de las batallas? ¿Por qué los liberales resultan neutrales, sobre todo, ante una educación laica, cuando fueron ellos quienes lucharon por ella? ¿Por qué acusa al Nigromante de tibieza en su reflexión educativa, cuando precisamente fue el mayor opositor a Juárez y Ocampo? Señala Paz:

“La intelligentsia mexicana, en su conjunto, no ha podido o no ha sabido utilizar las armas propias del intelectual: la crítica, el examen, el juicio”.

Octavio Paz, “La intelligentsia mexicana” en El laberinto de la soledad, p. 152.

En este sentido, el espíritu cortesano no es tampoco nuevo, México se ha construido de este modo, en la Colonia y después de la Independencia; la comodidad intelectual, por encima de la dureza reflexiva, con el tiempo, también de la acción.

Al nombrar a Samuel Ramos, retoma la idea de la máscara. Recupera de Ramos la teoría del resentimiento, el mexicano en búsqueda de su identidad:

“el mexicano es un ser que cuando se expresa, se oculta; sus palabras y gestos son casi siempre máscaras”.

Octavio Paz, “La intelligentsia mexicana” en El laberinto de la soledad, p. 153.

Es extraño que tenga en mente la máscara que cubre la pureza de una identidad que se gesta entre préstamos teóricos, influencias francesas y una historia de la moral que se vincula a las tradiciones; pero, es producto de las categorías del pensamiento. El texto se construye en una dialéctica hegeliana, entre lo universal y singular. México tiene que guiarse hacia lo universal, por lo tanto, encontrar su ser particular, de este modo gestarse nuevamente universal (parte de la eticidad hegeliana).

Liliana Weinberg señala en la entrevista hecha por Norma Garza Saldívar:

“un ensayista como Paz logra así a través de antítesis incluyentes o excluyentes no sólo sintetizar y contraponer los procesos a través de elementos polares, simétricos, sino además acentuar su dinámica”.

Norma Garza Saldívar, “El ensayo como una poética del pensamiento: Entrevista con Liliana Weinberg”, p. 285.

Nótese, no obstante, que Paz, es el ejecutor del juicio dialéctico y no el que habla de éste para teorizar sobre el juicio mismo, sino para mostrar su respaldo a la funcionalidad dialéctica del mundo.

Por supuesto, este “universal” al que aspira, no es totalmente el espíritu hegeliano, Paz se inclina por una cuestión ontológica, que él mismo no enuncia y, sin embargo, se intuye: lo que constituye al mexicano, constituye a cualquier ser humano.

Es posible, que sólo se necesite dar cuenta de que lo “mexicano” siempre ha estado ahí, que la máscara no es un objeto extraño, sino que toda identidad es la máscara que construimos por y a través de la comunidad y que está en continua mudanza. El pasado, se muestra como una fuente de riqueza histórica que, para el autor, sólo la Revolución fue capaz de desvelar para mostrar un futuro claro.

La eticidad hegeliana, en la que el individuo es producto de su comunidad, no está alejada del argumento expuesto, pero la realidad de Latinoamérica es el mejor contraste para el planteamiento hegeliano.

Seguir pensando que la sociedad está constituida dialécticamente es la vigencia del pensamiento europeo y la oposición viviente a éste mismo es Nuestra América, que es la alteridad de complejidades entrelazadas, si es que lo particular es lo que corresponde a cada país, éste no está ceñido a un sólo vínculo, por lo tanto, es notable la postura que rescata Paz, con Alfonso Reyes y Leopoldo Zea. Si Reyes está en busca del alma nacional, Zea será de lo americano.

Con Alfonso Reyes se desvela el interés de lo “nacional” a partir del lenguaje, ¿no es aquí donde el poeta nos invita a pensar desde las estructuras del pensamiento? ¿Dónde el mismo texto de Paz, nos compele a pensarlo no sólo en su contenido, sino de la forma de la palabra?

La fuerza de la expresión: la palabra que se mimetiza con la belleza de la poesía y la profundidad filosófica. Por ello, Paz sentencia:

“El primero de todos consiste en expresar lo nuestro”.

Octavio Paz, “La intelligentsia mexicana” en El laberinto de la soledad, p. 156.

Siguiendo a Reyes, muestra la ética del lenguaje: un compromiso intelectual, una forma de violentar (quebrar) con lo establecido.

El viaje de la identidad que ha expuesto Paz, a partir de Vasconcelos –recordemos que el libro fue publicado en 1950, por lo que la concepción de México era un tanto de pesimismo al pasado y fe en el futuro–, tiene una interpretación particular, que nos permite repensarlo con los años, nos provoca a contestarlo y a crear a partir de su postura.

Como señala Norma Garza, los ensayos de interpretación, en el que participa el ensayista mexicano:

“nos entregan precisamente interpretaciones mucho más ricas y sugestivas, aunque no estén probadas científicamente en cuanto que son falseables”.

Norma Garza Saldívar, “El ensayo como una poética del pensamiento: Entrevista con Liliana Weinberg”, p. 278.

Desde el ámbito de un ensayo filosófico, Paz tiene carencias metodológicas, pero afuera del ámbito normativo, acerca la filosofía al lector no especializado y permite pensar lo “mexicano” desde una nueva óptica. Finalmente, como señala Garza, el texto filosófico está comprometido con la objetividad, mientras el ensayo, con la sinceridad personal, ¿dónde quedaron los filósofos que tenían una postura en y para el mundo? ¿Dónde un Vasconcelos que sea un enemigo frontal para el indígena?

¿Cuál es la función del intelectual? No debemos esperar una respuesta moral en el que se le exija una postura “del bien” para el mundo. Simplemente, hay que reclamarle, ¿dónde está su responsabilidad con su sociedad? La misma, a la que las últimas décadas, se ha dedicado a vituperar por su resentimiento de que el mundo no es lo que él desea, menos aún porque se ha visto rebasado en sus prescripciones teóricas que se caen bajo el peso de una realidad que falta ser pensada con mayor valor.

Octavio Paz, igualmente, nos deja ver en su ensayo, que México siempre ha estado en un viaje continuo por encontrarse, pero el mexicano, como señala Ramos, no es indio y tampoco español, y que a veces se decide por uno de los dos para conformar su identidad, sin embargo, este juego del destino lo hace pensar en una dialéctica constante, cree haber formado una máscara que no lo deja ver, cuando su ambigüedad es su esencia misma.

A la posteridad el ensayo sobre “lo mexicano” ha tenido múltiples raíces, el mexicano mismo no se reconoce ante su propio reflejo sigue en la búsqueda de su identidad cuando siempre ha estado en él, cabe recordar las palabras del filósofo Salvador Gallardo Cabrera:

“Un pueblo que ha vivido tanto tiempo en migración jamás conocerá su lugar de nacimiento”.

Salvador Gallardo Cabrera, Sobre la tierra no hay medida, p. 75.

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Bibliografía

  • Paz, Octavio. “La intelligentsia mexicana” en El laberinto de la soledad en Obras completas, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, pp. 147-162.
  • Garza Saldívar, Norma. “El ensayo como una poética del pensamiento: Entrevista con Liliana Weinberg” en Andamios, número 7, volumen 4, diciembre 2007, pp. 271-287.
  • Gallardo Cabrera, Salvador. Sobre la tierra no hay medida. México, Umbral, 2008.

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